dimarts, 5 d’agost de 2014

Un tal Brausen


"Casi pisando manos de mendigos y ladrones, Medina entró en la sombra de los arcos del mercado viejo de Santa María y se detuvo para quitarse el sombrero de paja y pasarse el pañuelo por la frente. Mustio, pálido, el gran letrero de tela rezaba: ESCRITO POR BRAUSEN." 
(Onetti, Dejemos hablar al viento)

El llamado ciclo de Santa María es un conjunto de novelas que Onetti ambientó, total o parcialmente, en aquella ciudad universo, a la que tantos malos críticos han querido identificar con Montevideo o con el propio Buenos Aires. Y digo malos, no porque se equivoquen, sino por sentir esa necesidad siniestra de tocar realidad tosca, material, cuando ninguna ciudad literaria, si verdaderamente lo es, puede identificarse con ninguna concreción de este nuestro mundo atroz. Comienza el ciclo con la Vida breve. La ciudad, sin embargo, había sido anunciada como una cita de algo aún inexistente en La casa en la arena. En la primera, un tal Brausen, obscuro publicista, escritor en ciernes y asesino primerizo en la figura de la Queca, la prostituta del apartamento contiguo de la que suele aprovecharse, imagina aquella ciudad de Santa María tan fantasmal como la Comala de Pedro Páramo, pero extensa, más panteón de dudosas glorias locales que no anónimo cementerio de estrechas y contiguas tumbas violentas que invitan a la confidencia post mórtem, y aquellos personajes sobre los cuales irá cayendo la sombra incierta de la estatua del propio Brausen -Yo, escuchando tantas imbecilidades que me hacían pensar en por qué Brausen repartió sin discriminar el uso de la palabra- el propio Brausen, ahora prócer omnímodo, y ubicada, cómo no, en la plaza principal de la ciudad santa. Larsen -el Junta-, el doctor Díaz Grey, Petrus y su Astillero y un ecléctico conjunto de fantasmas a mitad camino entre Faulkner y Tennessee Williams rodearán, porque no los llegan a vivir,  una serie de acontecimientos dedicados a contarnos la nada más absoluta, la verdad, la vida. Porque si en general la escritura de Onetti es apenas narrativa, en el ciclo santamariano los hechos, aunque trágicos, son tan fútiles como el mecanismo inconsciente de la respiración. En Dejemos hablar al viento, con la que se ultima la serie, Medina -certero apellido para el anterior e imperceptible comisario de Santa María- es ahora un pintor derrotado en Lavanda, ciudad escapatoria. Pero vuelve, y como comisario, ya que así lo decidió Brausen desde su primer suspiro, lee en un letrero a la entrada de la Santa María retornada: ESCRITO POR BRAUSEN. Porque Santa María no la escribió Onetti, la escribió Brausen, pero el primero es su ángel custodio, el que permite el tránsito de los personajes, su asunción o su condenación. Porque invita, de la mano de un proxeneta, Larsen, a que vivamos una de las historias de mayor sordidez y lirismo de la literatura. Porque apenas nacido el prostíbulo de Juntacadáveres, sintió la muerte de Larsen y escribió El Astillero para matarlo, volviendo a conversar, luego, con un vivo que ya murió. Porque la literatura en Onetti es una esperanza amarga, una forma superior de desarmar la insoportable realidad de los injustos y sus razones tan justas, el último reducto para los que no pueden explicarse, para los que nunca sabrán por qué alguien decidió que sólo habían nacido para poseer una tumba sin nombre, una comunión exclusiva e intransferible con la materia, y que como tal los trataron: materia clasificada, incómoda, a erradicar, a exterminar, a confundir en un amasijo bruto y cruel bajo la sombra de unos dioses impotentes doblegados por su propia historia. Onetti era un impenitente lector de la Biblia, de aquel conjunto de antiguas historias donde se actuaba por el miedo de llegar a no creer en sí mismo, y donde mustio, pálido, el gran letrero de tela rezaba: ESCRITO POR DIOS. Y donde los malos críticos vuelven a confundir el autor.

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