dimarts, 14 d’abril de 2015

Decía Galeano


Decía Galeano que decía un amigo suyo que la utopía, como el horizonte, se alejaba de nosotros tantos pasos como en pos de ella avanzábamos. Por tanto, la utopía, si servía para algo era para caminar, o para pedalear, que para mí, a fin de cuentas, es lo mismo. De Galeano leí hace años y paños un libro que apenas dejó huella en mí, lo siento, Días y noches de amor y de guerra -y ahora recuerdo, y sí sé el porqué, aquella película, casi homónima, Paseo por el amor y la muerte, que vino a estrenarse más o menos por la misma época en que leí aquellos Días, principios de los '70: qué cosas tiene el olvido, John Huston y Eduardo Galeano en un mismo suspiro. De Galeano lo que verdaderamente me gustaba era su hablar, la música sobria, contenida y profunda de su voz, de su palabra, de sus ideas, de su compromiso con los desheredados, fuera de toda impostura, alejado siempre de la fotografía fácil o la grabación oportunista. Y me agradaba, sobre todo, cuando hablaba de Onetti, de las provocaciones que le infligía por demasiado idealista y demasiado joven. Del placer físico de la escritura, que las nuevas pedagogías también quieren robarnos. Y más, mucho más  me gustaba, cuando leía alguna de las luminosas páginas de aquel hombre que no sólo nunca quiso reinar, sino que no quiso ser hombre. Aquél que, en sus últimas palabras, reescribió el paseo embriagado y romántico de tinta corrida por el amor y la muerte, el liebestod wagneriano, en versión mestiza de preciso trazo y palabra afilada: El homicida: Porque la quería toda, señor juez. Ella con su pasado, ella con su último pensamiento, para siempre oculto. Qué estaba pensando cuando murió?... El Juez: No pensaba, usted la mató mientras dormía… El homicida: Eso, señor juez, su último sueño… Y Galeano ha llegado a su último sueño. Como la efervescencia apagada de la cerveza de la vida: "Así, con espumita". Porque el uruguayo es la otra cara de la moneda de plata argentina. Ese otro paseo por el amor y la guerra, esos otros días y noches de amor y de muerte. Es así, y nadie debe molestarse por ello. Menos aún, al calor amable de la celestial tertulia que recién le ofrece silla y voz a la utopía.

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